jueves, 28 de febrero de 2013
Publicado por
María García Esperón
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Despojos de la vida alegre
Manhattan Club
MANHATTAN CLUB
Esa puerta angosta que se abre de súbito y enseña
a la noche la ropa más íntima de B. hace feliz a quien la ama.
Desde su mostrador el muchacho delata el cuerpo que es hermoso
y decide anotar su enjundia ahora, entre trago y trago de martinis
con un temblor de no prometido placer en sus labios yermos,
entre los libros de abreviar la vida y los ojos que le nublan
sus necias palabras de alcohólico anónimo.
Solamente eso es el amor:
Ben Webster y la mujer que con fatalidad lo ha mirado.
«El tiempo inmóvil, y yo aquí expuesta a la contemplación
como un juguete rosa, con alas y manos que recorren
las estrías de mi vientre y después deben decirme
que mis actos son bellos en sí, consuelo de truhanes
que me masturbarán más tarde en una esquina de la noche».
Quiere componer su estatura envuelta en pliegues de mentira,
lo mismo que hacen los embalsamadores, música sagrada
en sus ingles y mucho silencio
cuando en medio de sus muslos se adivina la promesa
de haberse postergado el mundo, y él contra su abrazo.
Únicamente eso es amor: las apagadas luces y una mujer
que llora inmensamente su soledad besándose ella sola,
buscándole algún parecido a la muerte con su harta delicia.
«Afuera hay cien mil coches en llamas y las horas
transcurren porque yo así lo deseo, porque mi carne
es dulce y mi coño de suaves orillas, como todo lo que arde,
es tierno y profundo.
Alegre matador, ven a tomarme si te atreves».
Esa puerta que se abre y penetran calimas.
Y alguien ya tose.
(C) Luis Miguel Rabanal
Voz: María García Esperón
Música: L. Einaudi
Aguzos
Hay días funestos que nos tiran del pelo
y nos hablan al oído con murmullos soeces,
es cuando cauterizan mejor las heridas.
Conviene estar solo
para acallar estas lenguas, nos apuran a
padecer como demonios sin pronunciar
bien nuestro nombre, nos echan de la sala
como tantos amigos.
Así la flaqueza estira más nuestra piel
y nos ata las manos, quisiste
presenciar de cerca el horror.
Dicen que quema, dicen que el pasado
se asusta contigo y comienza a dar vueltas
el mal de la asfixia,
o sea, el del cuerpo que tuvimos.
Yo puedo discernir esa historia,
asumir la ignominia y callar.
En cambio tú, hombre de pacotilla
y tristezas, retuerces tus sentidos y te haces
preguntas, preguntas como sales de fruta.
Porque para la soledad,
para la intemperie que dibujan para ti
los niños que devuelven sangre y espuma
en este preciso momento
no hay palabras que descifren tu vida.
Has vuelto a mirar.
En Olleir la memoria se agría, esperas
a que ella tienda la sábana más blanca
con los dedos cortados de tu madre, notas
que no está.
A lo mejor nos engañamos
al creer que fuimos un poquitín calamitosos,
hay días dulces para ese regreso.
(C) Luis Miguel Rabanal
Música para torpes
Música para torpes
Luis Miguel Rabanal con esta Música para torpes nos pone en las manos un martillo y un cincel para golpear la realidad sin misericordia y esculpir y desbastar su sentido último.
Versos desde el límite que no nos dejan descansar, que nos ponen contra las cuerdas de las verdades que nos arrasan y que, sin nada de preámbulos, como el título del poema inicial, nos urgen a sangrar de las heridas que habíamos olvidado ya.
La existencia se abre paso a través de la palabra de Rabanal para dibujarnos en ella como seres de conciencia a merced de la conciencia: imposible detener la fatalidad pero posible increparla y ponerla a ella también contra sus propias y terribles, inmisericordes cuerdas. (María García Esperón)
OTRA INGRATITUD
Además no lograrías hacerle frente
a la adversidad, masticar el bistec
para ella y que suspire.
Que ya va siendo hora de recuperar el amor
con palillos, que a veces me suceden
oscuras maravillas que más vale
no escuchar, que a veces al que tú sabes
no le quedan más escrúpulos
que desvestirse y al final calderos
de agua fría por si acaso.
Pero tú no estás, o no te has atrevido
a representar con pena,
ante quien corresponda, esa manía
tan breve y tan secreta de tocar tus labios
para sellar allí diversas proporciones
de deseo.Nadie va a correr en tu defensa,
nadie hoy se acostará a tu lado,
igual que nos traen a la mente caricias
heladas que no dimos.
Y eso porque alguien se consagra
a lavar tus ojos con cautela y a retirar
tus heces sin discreción ninguna,
no quieres nombrar la rabia inmensa
de los días cuando aplazas el ronroneo
que la casa te rinde con hastío.
Pero tú no estás,
no has regresado del terrible esplendor
que dura entre tus manos como un contagio
azul, ni siquiera lo oyes cuando crees dormir
y tu carne se pudre con mágica tibieza.
Pobre estúpido, que del laberinto
atesoras los peores excesos.
(C) Luis Miguel Rabanal
Música para torpes.
Luis Miguel Rabanal
Baile de Sol Ediciones
Tenerife, 2012
Se oyen pasos, en la voz de Merce Mg
XIII
Se oyen pasos cerca de mi corazón que apenas si conozco.
Se oyen voces de mujer ausente que, sin siquiera palabras, me ha dicho su deseo entrecortado y soberbio.
Se oyen cantos de niño al que recuerdo haber cogido de la mano un día tenebroso, su mirada se parece a las ramas de los árboles por su meticulosa geometría y por su desaliento cálido.
Se oyen entrecortados gritos en la noche y todo es calumnia.
Se oye, cada vez más, la quietud de los muertos: esa predisposición para ser eternamente ajenos y queridos.
Siempre he especulado en que las cosas pequeñas mudan de lugar porque son tan absurdas.
La calle cerrada a los taxis, colegios en llamas que alguien por descuido ilumina al amanecer, las gaviotas tristes...
Se oyen ruidos cuya procedencia no sé, acaso son los hombres en zancos que faltaban por llegar a sostener mi vida.
(C) Luis Miguel Rabanal
Realización y voz: Merce Mg
martes, 6 de diciembre de 2011
Publicado por
María García Esperón
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Fantasía del cuerpo postrado
Cerca de mí, la afonía del cuarto
XVI
Cerca de mí, la afonía del cuarto.
Exclusivamente la voz que dicta los poemas
y más tarde los destruye.
A mi espalda los libros, la media luz de quien observa
a veces sin querer, de quien me quiere.
Solos yo y esta silla boba y el frío que recorre
los miembros con cautela y un poquitín de dolor.
El engaño en apariencia se entumece, se deslíe.
Quiero apuntar aquí los actos improbables,
la temeridad del que no espera nada.
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